Ulises Mejía y el incómodo desafío de pretender gobernar en tiempos de mujeres

Los Hijos de la Viuda | Por Manuel Chacón | ZHN – Opinión

Hay palabras que, de tanto repetirse en política, terminan perdiendo significado. Unidad, transformación, inclusión, igualdad, derechos, respeto. Se pronuncian desde los templetes, aparecen en los comunicados y adornan las publicaciones de redes sociales. El problema empieza cuando llega la hora de demostrar que esas palabras no son solamente utilería electoral.

Ulises Mejía Haro quiere gobernar Zacatecas. No es un secreto ni una especulación. El diputado federal con licencia formalizó su registro para participar en el proceso interno de Morena por la Coordinación Estatal de la Defensa de la Transformación y de la Soberanía Nacional y, en ese acto, llamó a privilegiar la unidad y a colocar el proyecto por encima de las aspiraciones personales.

Hasta ahí, todo políticamente correcto.

El problema aparece cuando a ese discurso se le pone enfrente el expediente.

Porque Ulises Mejía no llega a la disputa por la candidatura con una hoja en blanco. Su trayectoria política carga con un episodio que no puede desaparecer porque ahora existan encuestas, asambleas, recorridos territoriales o fotografías de unidad. Ruth Calderón Babún, entonces síndica municipal, acudió a las instancias electorales para denunciar actos que consideró violencia política de género. Y los tribunales electorales emitieron resoluciones en las que se acreditó la existencia de violencia política en razón de género en distintos aspectos del conflicto. La Sala Regional Monterrey confirmó en 2021 la resolución local respecto de determinadas conductas y sanciones.

Después vino la batalla jurídica correspondiente. La Sala Superior revocó la inscripción de Mejía en el Registro Nacional de Personas Sancionadas en Materia de Violencia Política contra las Mujeres en Razón de Género. Ese dato también forma parte del expediente y no debe esconderse.

Precisamente por eso el asunto no debe reducirse a una consigna de campaña. Hay resoluciones, recursos, interpretaciones jurídicas y una historia política detrás. Pero hay algo que ninguna resolución puede hacer: borrar la percepción que dejó aquel conflicto entre las mujeres que lo vivieron y entre quienes observan desde fuera la manera en que se ejerce el poder.

Y aquí aparece la pregunta que Ulises Mejía tendrá que responder si realmente pretende gobernar Zacatecas: ¿cómo piensa presentarse ante las mujeres de un estado cuando existe en su trayectoria un antecedente judicial relacionado con violencia política de género?

No es una pregunta menor.

Mucho menos en 2026.

México vive lo que la propia narrativa del Gobierno Federal ha denominado una etapa de transformación con las mujeres en el centro de la vida pública. Claudia Sheinbaum es la primera mujer en ocupar la Presidencia de México y su gobierno ha colocado la igualdad sustantiva y la participación plena de las mujeres como elementos centrales de su discurso y de sus políticas públicas. La Secretaría de las Mujeres ha insistido expresamente en que la transformación del país requiere la participación plena de las mexicanas.

Y Morena tampoco es ya aquel partido donde las mujeres aparecían como acompañantes decorativas en las fotografías de los hombres.

Las mujeres están disputando candidaturas, encabezando gobiernos, ocupando posiciones de decisión, dirigiendo estructuras partidistas y definiendo buena parte del rumbo interno del movimiento. La propia competencia de Morena rumbo a las gubernaturas de 2027 muestra una presencia importante de mujeres en la disputa por las candidaturas. En Zacatecas, de los siete perfiles registrados para encabezar la Coordinación Estatal de la 4T, cuatro son mujeres y tres hombres.

Ese dato debería hacer sonar una alarma en cualquier cuarto de guerra.

Porque Ulises Mejía no está compitiendo en el México de hace veinte años.

Está compitiendo en el Tiempo de Mujeres.

Y en este nuevo escenario ya no basta con decir que se respeta a las mujeres. Hay que demostrarlo. Ya no alcanza con fotografiarse con ellas. Hay que generar confianza. Ya no es suficiente repetir que se busca la unidad. Hay que explicar qué significa esa unidad para las mujeres que tienen memoria, criterio propio y capacidad de decisión.

Y aquí Ruth Calderón vuelve a aparecer.

Su decisión de no entrar a una asamblea en Tres Cruces al conocer que estaría presente Mejía puede ser interpretada de muchas maneras. Pero hay una que resulta imposible ignorar: una mujer integrante del mismo movimiento político consideró que su dignidad estaba por encima de la fotografía de unidad.

Eso debería preocupar más a Mejía que cualquier encuesta.

Porque las encuestas preguntan quién tiene mayor preferencia.

No preguntan quién genera confianza.

No preguntan quién inspira respeto.

No preguntan qué mujeres están dispuestas a caminar detrás de determinado candidato.

Y mucho menos preguntan cuántas mujeres recuerdan un conflicto político ocurrido años atrás.

Ese es el agujero negro de las encuestas: pueden medir intención, pero no pueden medir todas las heridas.

Ulises puede aparecer arriba en las mediciones. Puede tener estructura. Puede reunir militantes. Puede llenar salones. Puede organizar asambleas y repetir que el proyecto está por encima de cualquier aspiración personal.

Pero si aspira a gobernar Zacatecas tendrá que entender que el cargo no se gana solamente convenciendo a los convencidos.

Se gana también enfrentando las preguntas incómodas.

Y una de ellas es inevitable:

¿Qué hará Ulises Mejía para recuperar la confianza de las mujeres que conocen su historia política?

Porque gobernar un estado donde las mujeres representan una parte fundamental del electorado exige mucho más que pedirles el voto.

Exige explicar.

Escuchar.

Reconocer.

Responder.

Y, sobre todo, demostrar con hechos que aquella historia no define la manera en que pretende ejercer el poder.

Ahí está el verdadero examen.

No en el templete.

No en Facebook.

No en las encuestas.

No en las porras.

En las mujeres.

Porque si Ulises quiere gobernar Zacatecas, tarde o temprano tendrá que sentarse frente a ellas.

Frente a las diputadas.

Frente a las regidoras.

Frente a las militantes.

Frente a las activistas.

Frente a las funcionarias.

Frente a las mujeres que participan en Morena.

Y frente a aquellas que no pertenecen a ningún partido, pero que también votan.

¿Qué les va a decir?

¿Que olviden?

¿Que ya pasó?

¿Que fue una disputa política?

¿Que los tribunales resolvieron?

¿Que ahora todos deben estar unidos?

¿O tendrá la capacidad política de reconocer que una aspiración a gobernar obliga a asumir también las consecuencias de la propia historia?

Porque una cosa es competir por una candidatura.

Otra muy distinta es pretender gobernar.

Un candidato puede pedir confianza.

Un gobernador tiene que merecerla.

Y aquí aparece la contradicción central de Ulises Mejía.

Quiere presentarse como factor de unidad, pero existe una mujer de su propio movimiento que acaba de demostrar públicamente que la unidad no puede construirse obligando a una mujer a compartir espacio con alguien con quien mantiene un conflicto de esta naturaleza.

La escena de Tres Cruces debería ser estudiada por los estrategas de Morena.

No por el número de asistentes.

No por los aplausos.

Por la ausencia.

Porque una silla vacía puede decir mucho más que un discurso.

Y esa silla plantea una pregunta política enorme: ¿qué clase de unidad pretende construir Ulises Mejía si una compañera de su propio movimiento prefiere quedarse afuera antes que sentarse dentro?

El problema no es Ruth Calderón.

Quien convierta a Ruth en el problema estará intentando matar al mensajero.

El problema es lo que su decisión representa.

Representa memoria.

Representa una herida política.

Representa la persistencia de un conflicto que, jurídicamente, tuvo diversas etapas y que, políticamente, todavía genera preguntas.

Y representa algo todavía más importante: las mujeres ya no están dispuestas a aceptar que la disciplina partidista sea utilizada como argumento para pedirles silencio.

Ese México ya cambió.

Morena también cambió.

Y quien no lo entienda corre el riesgo de quedarse hablando solo frente a un templete lleno de gente.

Porque el Tiempo de Mujeres no significa solamente que una mujer ocupe la Presidencia de México.

Significa que las mujeres están reclamando capacidad de decisión.

Significa que quieren ser escuchadas.

Significa que cuestionan a los hombres que pretenden representarlas.

Significa que ya no aceptan que la palabra “unidad” sea utilizada como una mordaza.

Y significa, sobre todo, que cualquier hombre que aspire a gobernar tendrá que entender que las mujeres no son un segmento electoral al que se visita en campaña.

Son parte del poder.

Deciden.

Organizan.

Militan.

Compiten.

Gobiernan.

Y votan.

Por eso Ulises Mejía tiene frente a sí un desafío mucho mayor que vencer a sus adversarios internos.

Tiene que vencer la contradicción de su propia narrativa.

Si quiere ser el candidato de la unidad, tendrá que demostrar que sabe convivir con el desacuerdo.

Si quiere ser el candidato de la transformación, tendrá que demostrar que entiende que la transformación también implica cambiar las formas de ejercer el poder.

Y si quiere gobernar Zacatecas, tendrá que responder una pregunta que no viene en ninguna encuesta:

¿Qué garantías tienen las mujeres de que un hombre que arrastra un antecedente judicial por violencia política de género será capaz de construir un gobierno donde ellas se sientan seguras, respetadas y escuchadas?

Esa pregunta no la puede contestar un operador.

No la puede contestar una encuesta.

No la puede contestar un dirigente.

Tendrá que contestarla él.

Y tendrá que hacerlo mirando de frente a las mujeres de Zacatecas.

Porque en este nuevo México ya no alcanza con pedirles que acompañen.

Ahora tienen que convencerlas.

Y hay una diferencia enorme.

Antes los hombres podían hablar de las mujeres.

Hoy las mujeres también hablan de los hombres.

Y votan.

Y deciden.

Y sancionan políticamente.

Y, sobre todo, recuerdan.

Ahí está el verdadero desafío para Ulises Mejía.

No se trata solamente de llegar a la gubernatura.

Se trata de explicar por qué debería confiar en él una sociedad que ha decidido que la violencia política contra las mujeres no es un asunto privado, ni una anécdota electoral, ni una vieja fotografía que pueda guardarse en el archivo.

En Tiempo de Mujeres, la pregunta ya no es qué puede hacer Ulises Mejía para llegar al poder.

La pregunta es mucho más incómoda:

¿Qué hará cuando las mujeres sean precisamente quienes le exijan cuentas por la manera en que piensa ejercerlo?

Y ahí, queridos Hijos de la Viuda, empieza la verdadera campaña.

No la de los templetes.

No la de las encuestas.

La de la memoria.

La de la congruencia.

La de las mujeres.

Y esa campaña, por fortuna, ya no la controlan solamente los hombres.

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