
Desde la bruma del poder, El Druida revela lo que otros callan.
El Druida lo ha visto antes: los que hoy pactan en la sombra, mañana reclaman reflectores.
Hay políticos que cambian de opinión; otros, de partido; algunos, de discurso según la hora. Ulises Mejía Haro pertenece a una especie más refinada: la del que cambia de todo… menos de conveniencia. Su más reciente movimiento —un encuentro discreto, pero elocuente, con Carlos Peña Badillo, líder estatal del PRI— no sorprende. Confirma.
Porque no se trata de una reunión aislada ni de un desliz táctico. Es la continuidad de una trayectoria marcada por la elasticidad ideológica. Ayer fue la transformación; hoy, la negociación con quienes encarnan el pasado que dijo combatir. Mañana, quién sabe. En la política del “yo me acomodo”, la coherencia estorba.
El Druida observa que el guion es viejo: se le llama “pragmatismo” a lo que, en realidad, es supervivencia personal. Se le dice “diálogo” a lo que es coqueteo. Y se le vende a la militancia como “estrategia” lo que no es más que un trueque de favores con el viejo régimen. No es casual que el acercamiento con el PRI se sume a previos tanteos con el PAN. El abanico está completo; la brújula, perdida.
Quien ayer se envolvía en la narrativa del cambio, hoy toca la puerta de los símbolos que la ciudadanía castigó en las urnas. ¿Convicción? No. ¿Memoria? Selectiva. ¿Congruencia? Ausente. El problema no es reunirse con adversarios; el problema es hacerlo mientras se predica una cosa y se practica otra. La política admite el diálogo, pero no la simulación permanente.
En Zacatecas, la gente aprendió a distinguir entre quien cree y quien negocia. Entre quien defiende causas y quien colecciona fotos. Ulises Mejía vuelve a elegir el atajo: pactar con lo que dijo rechazar. Y al hacerlo, confirma su lugar en el archivo de los políticos desechables, esos que cambian de camiseta con la misma facilidad con la que olvidan a quienes les creyeron.
Desde la bruma, El Druida sentencia: la traición no siempre es estruendosa; a veces llega en forma de café discreto, sonrisas calculadas y acuerdos que nunca se explican. Y cuando eso ocurre, la historia —esa que no perdona— toma nota.
En la política del acomodo, la lealtad es la primera víctima.
ZHN | Zacatecas Hoy Noticias Noticias de Zacatecas, México