El Druida: pluris, perdedores y una democracia con calculadora

Por El Druida | ZHN – Opinión

Hay reformas electorales que nacen para corregir vicios de la democracia. Y hay otras que, después de leerlas dos veces, uno termina preguntándose si en el Congreso no confundieron la representación popular con una hoja de Excel.

La aprobada el domingo en Zacatecas modifica la manera en que se repartirán las 12 diputaciones de representación proporcional. El cambio central es conocido: se plantea combinar una Lista A, integrada por candidaturas registradas por los partidos, con una Lista B, formada por quienes compitieron por mayoría relativa, no ganaron, pero obtuvieron los porcentajes más altos de votación dentro de su propia fuerza política. La propuesta ya había sido presentada como un modelo mixto para acercar la integración del Congreso al voto ciudadano.

Y aquí empieza el problema: la reforma tiene argumentos a favor y argumentos bastante incómodos en contra.

La defensa es sencilla y, hay que reconocerlo, no es ninguna tontería: si una candidata o candidato recorrió un distrito, hizo campaña, consiguió miles de votos y perdió por una diferencia razonable, ¿por qué tendría que irse a su casa mientras alguien que apareció en una lista partidista obtiene una curul sin haber pedido directamente el voto?

Ese argumento tiene lógica.

Durante años, las plurinominales han sido criticadas precisamente porque permiten que las dirigencias partidistas tengan enorme influencia sobre quién llega al Congreso. El modelo mixto busca reducir ese poder y darle mayor peso al desempeño electoral individual. Esa es una discusión democrática legítima.

El problema aparece cuando se pretende vender esa modificación como “piso parejo”.

¿Parejo para quién?

Porque las elecciones no se disputan en un laboratorio. Hay candidatos con estructura territorial, dinero, equipos de comunicación, gobiernos amigos, organizaciones, apellidos conocidos y décadas de relaciones políticas. Y hay otros que llegan con una camioneta prestada, tres voluntarios y la bendición de su familia.

Entonces sí: el porcentaje de votos mide rendimiento electoral, pero no necesariamente mide las mismas condiciones de competencia.

Y ahí está la otra cara de la moneda.

La representación proporcional nació precisamente para que el Congreso no fuera un espejo exclusivo de quienes ganan distritos. El sistema vigente establece 12 diputaciones de RP y contempla una fórmula de proporcionalidad y el umbral del 3 por ciento para acceder a esa representación.

Eso significa que una fuerza política puede perder todos los distritos y, aun así, representar a miles de zacatecanos.

Esos votos no son de segunda.

Por eso resulta demasiado cómodo decir que quien más porcentaje obtuvo entre los perdedores “merece” automáticamente la curul. ¿Merece qué exactamente? ¿La representación de una minoría? ¿Un premio por haber perdido mejor? ¿O el reconocimiento a una votación importante?

Aquí el lenguaje también importa.

Porque si le llamamos “mejor perdedor”, la democracia empieza a parecer torneo de consolación.

Y si le llamamos “mérito electoral”, suena mucho más elegante.

El asunto es que las dos cosas pueden contener algo de verdad.

La reforma puede democratizar las listas y quitarle poder a las cúpulas partidistas. Pero también puede hacer que las candidaturas con mayor capacidad económica, territorial o política tengan una segunda oportunidad para llegar al Congreso.

Y eso no es poca cosa.

Hay otro detalle que merece atención: la discusión no puede reducirse a si las plurinominales son buenas o malas. La pregunta verdaderamente importante es qué tipo de representación queremos para Zacatecas.

¿Una Legislatura integrada fundamentalmente por quienes ganaron o estuvieron cerca de ganar?

¿O una Legislatura que además garantice que las minorías políticas tengan una voz proporcional a los votos obtenidos?

Porque mayoría y democracia no son sinónimos.

La mayoría decide quién gobierna. La democracia también debe garantizar que quienes no ganaron no desaparezcan políticamente.

Y aquí es donde El Druida empieza a sospechar que en política hasta los perdedores pueden convertirse en mercancía electoral.

Porque ahora habrá que cuidar mucho los porcentajes.

Ya me imagino a los estrategas después de la elección:

—¿Ganamos?

—No.

—¿Entonces qué tal nos fue?

—¡Magnífico! Perdimos con 23.7 por ciento.

¡Abra el champán, compadre, que viene la plurinominal!

El humor negro aparte, el cambio merece una discusión mucho más seria de la que normalmente producen las reformas electorales hechas con prisa y explicadas con consignas.

Y hay otro asunto delicado: la Constitución zacatecana actualmente establece que las 12 diputaciones de representación proporcional se eligen mediante un sistema de lista plurinominal y que su asignación corresponde al Instituto Electoral del Estado conforme a las reglas constitucionales y legales.

Por eso habrá que revisar con lupa la armonización entre Constitución y Ley Electoral, así como la forma concreta en que se aplicará el nuevo mecanismo. Una cosa es aprobar una fórmula políticamente atractiva y otra muy distinta es que sobreviva al examen jurídico y funcione sin producir nuevas distorsiones de representación.

La reforma, pues, no es el apocalipsis democrático.

Pero tampoco es la segunda venida de la democracia.

Tiene una virtud evidente: darle más peso al voto obtenido directamente por las candidaturas y reducir, al menos en parte, el poder de las dirigencias para decidir quién entra por la vía plurinominal.

Tiene también un riesgo evidente: convertir la representación proporcional en una carrera de porcentajes donde las condiciones desiguales de competencia terminan premiando a quienes ya tenían mayores ventajas.

Entre una cosa y otra está el verdadero debate.

Así que menos discursos de “piso parejo” y más honestidad.

En política el piso nunca ha sido parejo. Hay quienes llegan con zapatos de marca y quienes llegan descalzos.

La obligación de una buena ley electoral no es fingir que eso no existe.

Es impedir que las desigualdades terminen convirtiéndose en reglas del juego.

Y esa, señoras y señores diputados, es justamente la parte de la reforma que todavía está por demostrarse.

Porque una cosa es ganar.

Otra es perder con muchos votos.

Y otra, bastante distinta, es representar democráticamente a quienes votaron por ti.

Ahí está el verdadero examen.

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