
Desde la bruma del poder, El Druida revela lo que otros callan
“La herencia de Miguel Alonso no fue infraestructura ni desarrollo, fue una factura que hoy siguen pagando los más pobres.”
La historia política de Zacatecas no está escrita solo con promesas y arengas de campaña. También está manchada por la traición, el cinismo y una cadena de decisiones que hipotecaron el futuro de generaciones enteras. El nombre de Miguel Alonso Reyes, hoy diputado federal por el PRI, no puede desligarse de esa herencia tóxica. Su retorno a la escena nacional no representa una reconciliación con el pasado, sino la confirmación de que la impunidad aún es la mejor plataforma electoral en este país.
Alonso Reyes, quien fuera gobernador de Zacatecas entre 2010 y 2016, cargará siempre con el peso de una denuncia que no ha sido desmentida ni juzgada: el desvío de más de 307 millones de pesos a través de al menos 24 empresas fantasma, operadas con el mismo manual de corrupción que hizo célebre a Javier Duarte en Veracruz. Así lo denunció en su momento la hoy diputada morenista Soledad Luévano, en un acto de valor político que expuso las entrañas de una administración coludida hasta la médula.
No fue un acto aislado. Fue un sistema. Una maquinaria de simulación que operaba adjudicaciones directas, fabricaba contratos, inventaba proveedores y desangraba las finanzas públicas mientras el gobernador sonreía en eventos oficiales. A su lado, nombres como Mario Rodríguez Márquez, José Francisco Ibargüengoitia y Fernando Soto Acosta, hoy símbolos de una época donde el servicio público se confundía con botín personal.
Pero como si eso no bastara, la estocada más honda que Alonso dejó a Zacatecas no fue la corrupción, sino la deuda monumental que heredó a cambio de maquillar su fracaso. Una deuda de más de 7 mil millones de pesos, contratada a espaldas del pueblo, para pagar sueldos magisteriales que el Gobierno Federal podía haber absorbido, si tan solo hubiera gestionado con visión y honestidad. No lo hizo. Prefirió cargarle la cuenta a 1 millón 600 mil zacatecanos por más de una década. Eso no es sólo ineptitud: es crueldad política.
El actual gobernador, David Monreal Ávila, lo dijo sin rodeos: “Miguel Alonso, por pagarle a 40 mil maestros, endeudó al estado entero. Tuvo la oportunidad de federalizar la nómina y prefirió no hacerlo para quedarse con el dinero.” Esa frase debería retumbar en la conciencia de todos los ciudadanos que hoy enfrentan hospitales sin insumos, carreteras a medio terminar y un sistema educativo colapsado.
Y sin embargo, Miguel Alonso reaparece. No ante un tribunal, sino en una curul federal, como si su paso por el poder hubiera sido limpio, como si no pesaran sobre él las voces de miles de zacatecanos defraudados. Su cercanía con Enrique Peña Nieto le valió una silla en Fonatur, y su regreso al Congreso es prueba de que el PRI aún cobija a sus hijos pródigos, sin importar el precio que pague la gente.
El Druida no guarda rencores, pero sí memoria.
Y lo que Miguel Alonso dejó a Zacatecas no fue progreso, fue ruina: una ruina maquillada de eventos de gala, spots de televisión y obras sin sustento. Hoy vuelve a alzar la voz desde San Lázaro, pero que no se engañe: su pasado no ha prescrito, sólo espera la justicia que aún no llega.
Los pueblos olvidan rápido, pero la pobreza heredada por sus decisiones está escrita en cada cheque sin fondo, en cada escuela sin techo, en cada deuda impagable que aún oprime a Zacatecas.
El Druida lo advierte: Quien roba al pueblo y vuelve como salvador, no trae redención, sino repetición. Que no nos embriague su retórica: lo que Alonso representa es el pasado que tanto daño nos hizo.
ZHN | Zacatecas Hoy Noticias Noticias de Zacatecas, México