
Los guardianes del camino | El Druida | ZHN – Opinión
Hay días en que los viejos espíritus de la tierra observan en silencio.
Desde las montañas de Tlaltenango hasta los llanos de Villa de Cos, desde las vetustas calles de Zacatecas hasta los caminos que conducen a Fresnillo, el viento lleva una misma pregunta:
¿Quién paga realmente el costo de la protesta?
Este jueves, los maestros han convocado a una mega marcha y a bloqueos simultáneos en carreteras, casetas y puntos estratégicos de la geografía zacatecana. Dicen que la lucha es justa. Y probablemente lo sea. Las demandas sobre pensiones, salarios y condiciones laborales merecen atención y soluciones.
Pero en el antiguo libro de la política existe una ley inmutable: cuando el camino se cierra, el daño no siempre llega al destino previsto.
La piedra lanzada contra el palacio suele terminar golpeando al viajero.
Hoy no quedarán atrapados los funcionarios federales en sus oficinas climatizadas de la Ciudad de México. Tampoco los negociadores de Gobernación ni los altos mandos sindicales.
Quedará atrapado el comerciante que necesita vender.
El campesino que debe mover su cosecha.
La ambulancia que intenta avanzar.
El trabajador que depende de llegar a tiempo.
Y el ciudadano común, ese personaje invisible que nunca aparece en las mesas de negociación, pero siempre termina pagando la cuenta.
Los maestros miran hacia el centro del país esperando respuestas. Mientras tanto, Zacatecas vuelve a convertirse en rehén de conflictos que se negocian a cientos de kilómetros de distancia.
Los viejos druidas sabían que para sanar un bosque no era necesario incendiarlo.
Quizá esa sea la reflexión que hoy flota sobre las carreteras bloqueadas del estado.
Porque una causa justa pierde parte de su fuerza cuando el pueblo al que pretende defender comienza a convertirse en víctima de sus métodos.
Y mientras los dirigentes esperan noticias desde la Ciudad de México, el reloj sigue avanzando.
Los vehículos se acumulan.
La paciencia se desgasta.
La economía se detiene.
Y Zacatecas, una vez más, observa cómo la política convierte los caminos en trincheras.
Los espíritus del viento lo susurran esta mañana:
La justicia que paraliza al pueblo corre el riesgo de olvidar para quién luchaba.
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