
Los Hijos de la Viuda Por Manuel Chacón | ZHN – Opinión
“Cuando el sindicato sustituye a la estrategia, el mensaje desaparece”.
Hay instituciones que nacen para servir al público… y terminan sirviéndose a sí mismas. Ese parece ser el caso del Sistema Zacatecano de Radio y Televisión, un aparato que, en teoría, debería ser el gran articulador del discurso público, la cultura y la identidad zacatecana, pero que en la práctica ha quedado atrapado en una lógica interna que lo debilita y lo desconecta de la sociedad.
Hoy, el sistema enfrenta una realidad incómoda: no hay evidencia pública sólida que permita medir su verdadera influencia social, ni datos de audiencia que respalden su impacto, ni indicadores que lo posicionen en el ecosistema nacional de medios. Y en política, lo que no se mide, simplemente no existe.
La investigación es clara. En México, según el Instituto Federal de Telecomunicaciones, la televisión abierta sigue siendo un instrumento poderoso: más del 70% de la población consume contenidos televisivos y los noticiarios continúan siendo el formato dominante. Es decir, el terreno está fértil. El problema no es el medio. El problema es cómo se usa.
Y en Zacatecas, ese uso ha sido, por decir lo menos, limitado.
SIZART no aparece en los rankings nacionales de audiencia. No compite con las grandes cadenas, pero tampoco logra posicionarse con claridad entre los sistemas públicos más visibles del país. Su radio cubre buena parte del estado; su señal televisiva alcanza el corredor urbano más importante. Tiene infraestructura, tiene cobertura, tiene historia. Pero no tiene impacto medible.
Y cuando no hay medición, lo que queda es la percepción.
Y la percepción es lapidaria: SIZART tiene una influencia pobre, acotada, regional y cada vez más irrelevante en la construcción del imaginario colectivo zacatecano.
¿Por qué?
La respuesta no está solo en lo técnico. Está en lo estructural.
SIZART es un sistema profundamente sindicalizado, donde reporteros, técnicos y funcionarios han asumido una postura activa en la defensa de sus derechos laborales —lo cual es legítimo—, pero que en los hechos ha derivado en otra cosa: la priorización de intereses internos por encima del interés público.
El resultado es un aparato rígido, resistente al cambio, donde cualquier intento de modernización, reestructura o redefinición estratégica enfrenta una barrera interna permanente.
No es una hipótesis. Es un patrón.
Conflictos laborales recurrentes.
Tensiones entre directivos y personal.
Procesos que terminan judicializados.
Un sistema que, en lugar de proyectarse hacia la sociedad, se consume en disputas internas.
Y mientras tanto, el ciudadano —el que paga— observa desde fuera.
Porque no hay que perder de vista lo esencial:
SIZART se financia con recursos públicos.
Con los impuestos de los zacatecanos.
Y lo que esos ciudadanos reciben a cambio no es un sistema potente de comunicación pública, sino una estructura burocrática que no ha logrado evolucionar al ritmo de los nuevos tiempos mediáticos.
A cuatro años y medio del inicio de la actual administración, la pregunta es inevitable:
¿Dónde está el impacto?
No hay estudios de audiencia abiertos.
No hay indicadores de penetración social.
No hay evidencia de que los noticiarios estén moldeando la agenda pública con fuerza.
Lo que sí hay es una constante: la incapacidad de transformar un sistema con potencial en un verdadero instrumento de comunicación estratégica del Estado.
Y eso tiene consecuencias.
Porque un medio público débil no es neutral.
Es un vacío.
Un vacío que otros llenan: redes sociales sin regulación, narrativas externas, desinformación, agendas ajenas.
SIZART fue concebido como un espacio para socializar la cultura, proyectar el arte, fortalecer la identidad y comunicar al Estado con su gente. Hoy, ese propósito parece diluido en una dinámica interna donde el sindicato, la burocracia y los conflictos han terminado por secuestrar la función original del sistema.
No se trata de descalificar a quienes trabajan ahí.
Se trata de entender que un medio público no puede operar como una oficina más del gobierno ni como un bastión de intereses laborales cerrados.
Debe ser algo más:
un puente, un amplificador, un constructor de sentido colectivo.
Hoy no lo es.
Y mientras no se rompa ese círculo —de inmovilidad, conflicto y falta de visión—, SIZART seguirá siendo lo que hoy parece:
un sistema con infraestructura, pero sin influencia; con presupuesto, pero sin dirección; con presencia, pero sin poder real en la mente de los zacatecanos.
SIZART no está caído… está detenido. Y eso, en comunicación, es peor.
¡A Mí Los Hijos de la Viuda!
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